25 mar. 2007

DICTADURA Y RESISTENCIA ANTIFRANQUISTA

En la clausura de la Escola de Joves sindicalistas 2006


Ángel Rozas

President de la Fundació Cirpiano García - Arxiu Històric de CCOO de Catalunya


La Segunda República se ha dicho, y cabe insistir en ello, fue una esperanza frustrada. ¿Hacia donde apuntaban las esperanzas que abrió aquel régimen entre la clase trabajadora y las clases populares, y entre sectores de las clases medias progresistas? Aquellas esperanzas en un futuro mejor se concretaban de forma resumida, en mi opinión, en la posibilidad de incorporación a la vida política y cultural de amplios sectores sociales que habían estado tradicionalmente excluidos de ella. Así como en el deseo de un avance social a través de pasos importantes en el reconocimiento de la igualdad entre géneros, de la educación, de la asistencia médica y de la igualación en derechos y obligaciones para el conjunto de las clases y grupos que componían la sociedad española de los años treinta.


A esto cabría añadir dos cuestiones más. Por un lado, un enorme esfuerzo, polémico en su aplicación pero de extraordinaria importancia, llevado a cabo en el terreno de la definición laica del Estado y en el replanteamiento de las relaciones Estado-Iglesia. Y por otro lado, en el diseño y concepción progresivamente descentralizadora y federal de las relaciones entre el conjunto de los territorios que conformaban España, con la aprobación del Estatut d’Autonomia de Catalunya en 1932 y de los de Euskadi y Galicia en proceso de aprobación entre enero y julio de 1936.


Pero además, el régimen republicano representaba la posibilidad de una modernización de las estructuras económicas del país, a través de mejoras sustanciales en las relaciones laborales y en el planteamiento –si bien es cierto que de carácter moderado y finalmente inconcluso- de una reforma agraria de carácter progresista.


En definitiva las propuestas puestas encima de la mesa representarían un cambio importante en la esfera política, económica, social y cultural de una España que arrastraba graves problemas a los que el sistema de la Restauración y la monarquía como su máxima expresión no habían puesto solución. No debemos olvidar, que dentro de aquel propio régimen monárquico se implantó una dictadura, admitida por Alfonso XIII, la del general Miguel Primo de Rivera, que agotó su presunta propuesta regeneradora en poco menos de seis años, entre 1923 y 1929.


Por otro lado, tampoco debemos dejar de lado el complejo y convulso contexto internacional en el momento de la proclamación de la República. Estamos hablando del período de entreguerras, durante el cual de forma progresiva tuvo lugar la crisis de la democracia liberal y la aparición de las alternativas que marcarían el siglo XX, el surgimiento del fascismo, como contrarrevolución vestida de una revolucionaria tercera vía, y el comunismo como promesa de la revolución obrera que tuvo su espejo durante años en la obra del bolchevismo con la creación de la Unión Soviética.


A aquel contexto social y político debemos añadir los efectos de la crisis económica mundial de 1929, la mayor que se había vivido hasta entonces. Aunque sus efectos fueron desiguales en el conjunto de las economías europeas.


Además de este contexto internacional incierto, es posible considerar que en los cinco años que mediaron entre 1931 y 1936, dejando ahora al margen los tres años de guerra civil, algunas de las fuerzas sociales y políticas en presencia durante el período no dejaron de obstaculizar la realización de aquellas propuestas esperanzadoras y que representaban unas reformas de gran calado.


Es cierto que durante aquellos años en el país se fue generando un ambiente tenso, extraordinariamente politizado y en determinados momentos de elevada violencia. Pero esto, estaba sucediendo también en los países de nuestro entorno como en Francia, por poner un ejemplo, pero también en países del este de Europa, en ninguno de los cuales habían triunfado todavía los movimientos genéricamente definidos como fascistas, a diferencia de lo que había sucedido primero en Italia y con posterioridad en Alemania.


La República desde luego no fue una república revolucionaria, como a veces, con buena o mala fe, parece querer darse a entender. Por un lado, por los que la mitifican desde la óptica supuestamente republicana y, por otro lado, por los que la desprecian y denigran desde una visión antirrepublicana.


Fue un régimen burgués progresista, muy progresista sin duda, solamente cabe remitirse al texto constitucional que se aprobó. Pero no representó una revolución política más que en aquello que por comparación con la época anterior podría verse así.


La revolución social y política no se desencadenó hasta que las fuerzas reaccionarias de la derecha apoyaron y alentaron un golpe de estado de un grupo de militares rebeldes formados en las luchas coloniales - y es del todo necesario insistir en ello- que fueron los que quebraron la legalidad republicana obtenida en las urnas en febrero de 1936. No hubo golpe preventivo ante una revolución social inminente. Hubo, eso sí, contribución a la exasperación, al conflicto y al enconamiento de posiciones en los meses anteriores al 18 de julio de 1936. No obstante, fue el fracaso de aquel golpe de estado lo que condujo a la guerra civil y estimuló, con el derrumbamiento inicial del poder institucional republicano, el inicio de una revolución.


No voy en este caso a entrar a exponer lo que representó la guerra civil española. Sin embargo, sí quiero señalar que, entre otras muchas cosas, se ha considerado como un prolegómeno de la Segunda Guerra Mundial, que también podría ser vista, en definitiva, como una auténtica guerra civil europea.


Sin duda, la neutralidad de los países como Francia e Inglaterra en alguna medida contribuyó a que el bando rebelde, apoyado por la Alemania Nazi y por la Italia fascista, pudiera fortalecerse militarmente y derrotar a la República que solamente contó con el apoyo de la Unión Soviética. Sé que este es un tema polémico, y puesto que doctores tiene la Iglesia, que sean ellos quiénes disipen nuestras dudas a partir de trabajos de investigación histórica rigurosos e independientes.


La victoria del bando autodenominado “nacional” en abril de 1939 representó en primer lugar la desaparición de todo tipo de libertades civiles y democráticas. En base a ello se inició la persecución, el asesinato, el fusilamiento, el encarcelamiento, el trabajo forzado –por no decir, el trabajo esclavo- de miles de personas que eran consideradas como simples “vencidos”.


Y la jerarquía de la Iglesia católica no sólo auxilió, concediendo bases ideológicas al nuevo régimen, sino que justificó aquello que ella misma calificó como “Cruzada nacional”, es decir justificó una represión brutal, muy superior a cualquiera de los otros regímenes fascistas en tiempos de paz, en aquella tarea que consistió, desde la visión compartida por las autoridades políticas y religiosas de “limpiar a España de elementos indeseables”, poniendo la violencia al servicio del orden social.


Si dura fue aquella guerra civil, posiblemente igual o de mayor dureza fue la larga “postguerra incivil” que prolongó voluntariamente el franquismo, al negarse a adoptar medidas de amnistía política y estar frontalmente en contra de cualquier iniciativa de “reconciliación” entre los españoles.


Esta consideración condujo a las nuevas autoridades franquistas a tratar y hablar de aquellos seres humanos, calificados genéricamente como rojos, masones y separatistas, como inferiores, anti-españoles, apátridas, escoria de la sociedad, y un largo etcétera de calificativos que me ahorro de enumerar. Y lo hacían en función de si aquellas personas eran “afectas” o “desafectas” al régimen. Dejando ahora de lado a la masa de los denominados “indiferentes”. En definitiva todos ellos eran argumentos, desde el punto de vista de las autoridades, para tratarlos como elementos innecesarios dentro de la “comunidad nacional” que pretendió construir el fascismo español. La sociedad se dividía, así pues, en “buenos” y en “malos” españoles. Esta fue una visión del país que perduró a lo largo de la dictadura. Y cuando uno lee la prensa hoy, según qué circunstancias y declaraciones parecen indicar que aquello ha dejado poso entre determinados sectores de la “sociedad política” actual.


Sin embargo, durante aquellos primeros años el régimen liderado por el general golpista Francisco Franco Bahamonde vivió la euforia del fascismo, que declinó conforme las operaciones bélicas, a partir de 1942, mostraban que la victoria estaba en el bando de los aliados. A partir de 1945, con la derrota del Eje, es decir de los aliados del régimen, este trató de borrar todas las huellas de aquella estrecha amistad. Pero muchas de ellas permanecen, son débitos del pasado.


Alguna de estos vestigios imborrables son, por ejemplo, las fosas comunes que hoy en día algunos de los familiares de las víctimas de la represión franquista tratan de localizar como forma de recuperar la memoria del pasado, como elemento de justicia retrospectiva para con las víctimas. Pero también, y no debemos ignorarlos, todos aquellos que fueron ajusticiados por la jurisdicción militar después de finalizar la guerra, y aquellos otros que a lo largo de la dilatada existencia del régimen pasaron por sus comisarías y sus cárceles. En ellas se aplicó las técnicas más depuradas transmitidas por la SS durante los primero años cuarenta, que después se perfeccionaron con los conocimientos adquiridos por algunos de los más destacados torturadores en las escuelas norteamericanas de la tortura durante los años cincuenta, como Antonio Vicente Creix, una de las figuras más tristemente recordadas de lo que nosotros llamamos “Brigada Social”.


Desde el punto de vista de la organización de la clase obrera, el régimen no sólo desarticuló a través de una durísima represión al conjunto de asociaciones obreras, sino que siguiendo el modelo fascista estableció formas de encuadramiento social del conjunto de los trabajadores, creando el denominado “Sindicato Vertical”, es decir las organizaciones sindicales del partido único, Falange Tradicionalista y de la JONS.


FET-JONS fue el resultado de la fusión del conglomerado de fuerzas derechistas que habían dado su apoyo al bando “nacional”. Utilizó el manto del movimiento fascista español liderado por José Antonio Primo de Rivera, denominado Falange Española, pero también agrupó en él a carlistas y antiguos monárquicos, constituyendo finalmente lo que las autoridades denominaron “Movimiento Nacional”.


No me corresponde entrar a mi en el debate historiográfico sobre la naturaleza del régimen, que algunos consideran como fascista, otros fascistizado y otros como autoritario. Es un debate que dura muchos años, largo, complejo y lleno de matices. Pero aquí doy yo mi opinión como militante obrero y víctima del régimen dirigido por el general Franco. Y mi opinión es que el régimen fue en sus orígenes fascista y mantuvo durante toda su larga existencia los elementos esenciales con los que nació. Evidentemente modulando estos rasgos esenciales, primero por la derrota de sus aliados, que no eran otros que los fascismos europeos, y segundo por los cambios en la política internacional y por la propia evolución de la sociedad española.


Pero cabe aquí recordar una cuestión, y es que la dictadura, se califique como se califique, siempre utilizó la guerra civil como legitimidad de su poder, después, ciertamente, añadiría la paz y el “desarrollismo” como otras fuentes de legitimidad durante los años sesenta; pero la guerra civil fue, de forma sarcástica, el infierno necesario para llevar a los españoles al “paraíso” del catolicismo y del orden, que las autoridades nunca dejaron de ofrecer como referente privilegiado de su historia. Y es que el franquismo, con Franco en la cama en noviembre de 1975, murió como había nacido, es decir fusilando en setiembre de aquel mismo año a un grupo de jóvenes anti-franquistas.


Por eso están tan empeñados los vindicadores de la memoria del franquismo en tratar de hacer un revisionismo sobre la guerra civil, necesitan hacerlo para justificar la dictadura, y lo hacen, perdonar la expresión, de forma “garbancera” y, de momento en mi opinión, poco inteligentemente, puesto que se trata de una simple trascripción de mitos y de la versión oficial que mantuvo el régimen. Aunque, también es cierto y preocupante, que estos “neo-franquistas” lo hacen con cierto éxito editorial y de ventas, con el apoyo de determinados medios editoriales y de comunicación, a pesar de que sus productos sean unas “mentiras convincentes” que no son aceptadas por la historiografía más seria sobre estos asuntos, y que de hecho son combatidas por los estudios rigurosos que desde hace tiempo se están llevando a cabo.


Ahora, en la segunda parte de mi intervención, trataré de exponer brevemente alguna reflexión sobre qué representó, desde mi punto de vista, la aparición de nuevas formas de auto-organización obrera durante los años sesenta al margen de aquel Sindicato oficial, el “Vertical”, que antes he mencionado.


La fecha del 20 de noviembre de 1964 constituye un referente en la memoria colectiva de nuestro Sindicato, es decir de Comisiones Obreras de Catalunya, y lo que es más importante, esa fecha también ha pasado a formar parte ya de la Historia de la sociedad catalana.


Muy posiblemente la fecha es lo de menos, pensareis y seguramente con razón. Aunque existen otras razones para darle alguna vuelta al asunto; porque podría haber también otras fechas donde situar aquel acontecimiento, como por ejemplo en las reuniones preparatorias llevadas a cabo en los bosques y parajes que rodean Barcelona, en la parroquia de Sant Miquel de Cornellà de Llobregat, meses antes. Como en tantas otras iglesias y locales cedidos por los capellanes más comprometidos con la cuestión social, como elípticamente se denominaba durante aquellos años a la “cuestión obrera”.


Sin embargo, es posible decir que fue en el teatro anexo de la parroquia de Sant Medir –en la tradicional barriada obrera de Sants- y gracias a personas como el ya fallecido Mosén Vidal, o amigos que todavía hoy están en la brecha como mosén Bigordà, y tantas otras personas como ellos.


Hace pocos días tuvo la suerte de asistir a un reconocido homenaje a Gregorio López Raimundo y al padre Díaz Alegría. A este último lo conocí allá por el año 1964 en la barriada chabolista madrileña, la del Pozo del tío Raimundo. En el homenaje que les hizo a ambos la Fundación Alfonso Carlos Comín, fui consciente, o en cualquier caso más consciente, de la importancia que tuvo en aquellos años la confluencia de cristianos y comunistas en la lucha por las libertades. Es decir, los cristianos progresistas no fueron lo que se decía antes “compañeros de viaje”, fueron auténticos protagonistas en el sueño de hacer realidad una sociedad más justa y más libre.


Perdonad que me haya desviado por un momento del tema. Ahora quiero decir que en Sant Medir se dio el impulso a una primera comisión obrera de Barcelona que agrupaba a los trabajadores de distintos ramos de la producción, allí recibiría un impulso inicial que al parecer fue definitivo para tener una presencia y una expresión continuada en la lucha contra la Dictadura franquista, desde la mitad de la década de los años sesenta.


Fijaos bien, por otro lado, en qué consistió aquel acto del 20 de noviembre de 1964: fue una reunión de unos 300 trabajadores de los diferentes ramos de la producción discutiendo sobres nuestros problemas laborales y sociales. Aquella era una actividad que formaría parte de lo cotidiano para la mayor parte de nuestros conciudadanos actuales. Hoy se lleva a cabo diariamente en los locales sindicales de Barcelona, de Cataluña y de todo el país. Sin embargo entonces se hacía en los locales vinculados a un templo religioso, convirtiendo en excepcional aquella actividad. Pero además para la comprensión de lo que representaba entonces, solamente cabe añadir su contexto: era un momento en que el derecho de reunión, de asociación y de expresión estaban totalmente prohibidos por un régimen basado en la abolición de estos y otros derechos básicos de ciudadanía.


Ese es su valor, el que le da sentido a aquellos actos que todavía podemos rememorar. Desgraciadamente ya vamos siendo cada vez menos quienes podemos hacerlo de forma individual, puesto que ya no están entre nosotros muchos de aquellos trabajadores reunidos en asamblea, al igual que tampoco lo están muchos de los religiosos que nos mostraron y brindaron su apoyo, cediendo los locales que nos negaba el Sindicato Vertical para reunirnos. Pero podemos recordar en grupo. Podemos ayudar a conformar una memoria colectiva, o mejor una conciencia histórica y también afectiva de aquellos “desafectos” del régimen, que nos ayude a saber algo sobre nuestra identidad.


En la época en que grupos de hombres y de mujeres, de trabajadores, comenzaron a considerarse miembros, unidos por ello, en las Comisiones Obreras, es decir va para casi medio siglo, teníamos, es evidente, otro tipo de urgencias históricas, era una urgencia claramente definida, la falta absoluta de libertades. Hoy es la profundización de la libertad con el máximo de igualdad. Sin embargo, las decisiones requerían entonces, y requieren ahora, en muchas ocasiones, la necesidad de conocer, conocimiento y acción, teoría y práctica, presión y negociación, “sindicalismo-de-clase-y-nacional” –todo junto como nos gusta decir a nosotros- son formas, y permitirme la broma, son formas compuestas que han caracterizado a las Comisiones.


Y es que ¿cómo actuar sobre la realidad que uno no conoce? Es cierto que muchos de nosotros tuvimos que “enseñar aprendiendo” o “aprender enseñando” a otros, por las circunstancias de aquellos momentos. Pero también es verdad, que antes que nosotros había muchos otros, aquellos de los cuales es extraordinariamente difícil hablar porque el franquismo victorioso se encargó de borrar su pasado y su memoria, consiguiéndolo hasta cierto punto. Pues bien, de muchas de aquellas personas que fueron veladas y oscurecidas por la dictadura también nosotros pudimos, en parte, recoger enseñanzas.


Porque antes de actuar debemos conocer, conocer nos acerca a los problemas a los que queremos dar soluciones. Y para ello nos es útil el conocimiento de lo que pasa hoy, y de lo que pasó ayer. Una tarea tal vez gigantesca para una persona, pero una tarea posible para una sociedad civil de personas críticas y organizadas.


No quiero aburriros hoy con análisis de determinados acontecimientos o de ofreceros una interpretación sobre fechas y datos, que a mí no me corresponde hacer. Tratare solamente de calibrar y hacer ver el valor de determinadas actitudes. No es mi deseo el apabullar con el dolor y el heroísmo de las gentes que lucharon por las libertades democráticas y nacionales de Cataluña y del resto del país. Debemos, la gente mayor, evitar transmitir una memoria personal anecdótica y nostálgica, evitar caer en las “historias del abuelo cebolleta”. Es un esfuerzo, pero creo que debemos tratar de transmitir las experiencias que tienen utilidad y sentido para las generaciones de hoy, para su vida hoy, para hacer frente a sus problemas que si bien no son los mismos, son muchos y diferentes a los que nosotros nos enfrentamos durante la dictadura.


Es decir, primero nosotros, a los que nos llaman como “testimonios” –cada vez habrá menos- debemos empeñarnos en dar sentido a nuestra vida a través de reflexionar sobre nuestra experiencia vivida, pero después como han venido haciendo las “Dones del 36” hasta que han podido, o la Asociación de Ex-presos políticos entre otros grupos, como digo después de tratar de captar el sentido moral de nuestra experiencia creo que sería bueno transmitir ideas y valores que sirvan para actuar sobre el mundo en el que vivimos.


Valores como la solidaridad, el esfuerzo individual y común, la preocupación por la formación y la autoformación, la igualdad en la diferencia, la justicia social, la racionalidad que ponga límite a la irracionalidad y los comportamientos viscerales, y al mismo tiempo nos permita ver la complejidad de los fenómenos sociales y del ser humano. En definitiva, se trata de defender el humanismo y el conocimiento racional, frente al ilusionismo de lo simplista, lo engañoso de que nada puede cambiar, la aceptación del valor tal como se nos presenta.


Y ¿para qué empeñarnos en esto? pues para interpretar los fenómenos que van apareciendo en nuestra sociedad, esta sociedad de la imagen y, paradójicamente, de la opacidad; esta sociedad del cambio vertiginoso y, nuevamente como paradoja, de la involución a través de una mayor desigualdad entre las personas, en nuestra casa más cercana y en el conjunto del Planeta Tierra.


Desde la Fundació Cipriano García – Arxiu Històric de CCOO de Catalunya, en representación de la cual os estoy hablando en este acto, hemos intentado como algunos de vosotros sabéis desde hace más de 15 años impulsar y estimular el conocimiento de nuestra historia reciente, con la idea de que es necesario –es posible que cada vez sea más necesario- ver de forma rigurosa e imparcial cómo, quiénes y qué representó la construcción de la democracia en nuestro país ¿cómo entender si no qué puede representar hoy su mantenimiento y fortalecimiento?


Pero la idea que debemos desterrar la gente de más edad, y creo que todos en mi opinión, es la de exigir las gracias a las nuevas generaciones por lo que hicimos. Y debemos ser sinceros, lo que hicimos no lo hicimos por ellos, lo hicimos por nosotros en primer lugar, y después también posiblemente pensando en ellos. Sin embargo, tal como he comentado con algún amigo de forma reciente, es muy probable que sea cierto lo que una alumna de enseñanza secundaria expresó en un aula: ella había nacido aquí, en la democracia que hoy existe en nuestro país, y no tenía porqué dar las gracias reverentemente a nadie, porque ella forma parte de esto, aunque posiblemente no esté del todo satisfecha con lo que tenemos.


Nosotros luchamos por la democracia, pero no podemos pensar que hemos sido quiénes se la hemos dado a los jóvenes, ellos han nacido en ella, y por consiguiente es tanto de ellos como nuestra. La democracia parlamentaria tiene un gran valor, pero no debemos considerar que es un valor en sí misma, porque la democracia –por la que luchamos, insisto- tenía otra forma, contemplaba otro tipo de participación, aspiraba a ser la combinación de la mayor libertad con la mayor igualdad. Y eso posiblemente todavía no ha llegado. Otros tendrán que luchar para tratar de hacerlo posible. Nuestra experiencia muestra que existen posibilidades para que ello sea así.


“La lucha contra el poder es una lucha de la memoria contra el olvido”, como ha dejado escrito el novelista europeo Milan Kundera. Por tanto, debemos considerar, entonces, que dignificar a las víctimas, de la guerra civil pero también de todas las guerras, es una tarea necesaria y justa. Esto sin embargo, no nos permite ignorar las tareas que nos quedan para con las víctimas que esperan en el futuro, porque centrarnos de forma exclusiva en otras puede conducir a legitimar un presente repleto de problemas, cuando en realidad, desde mi punto de vista, la idea fundamental que debemos transmitir a partir de nuestra experiencia es que lo que existe no existe de forma “natural”, imperturbable e imperecedera. Lo que existe es la construcción del ser humano en sociedad, lo construido a través de la historia. Es producto de nuestros actos, eso sí a partir de elevados grados de incertidumbre y de condicionantes, pero al fin y al cabo la historia la hacen las mujeres y los hombres, aunque su resultado no sea siempre el que se busca o desea.

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